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Nació, no va a negarlo. En Valencia. Cuando tenía tres años la trasplantaron a Castilla (primero a Dueñas, luego a Valladolid) y a ese hecho debe la suerte de tener dos terruños, dos patrias chicas. Tenía siete u ocho años cuando un día, casualmente, leyó una historieta gráfica cuya protagonista era una muchacha que escribía un libro. Y entonces vio la luz, como Pablo en el camino de Damasco, como Cantalicio Luna cuando llegó a Buenos Aires. Escritora, eso es lo que quería ser, lo que sería. Porque había pensado (y sucesivamente descartado) ser bailarina, maestra, azafata, periodista, enfermera… Y ninguna de esas opciones le satisfacía por la sencilla razón de que elegir una de ellas le obligaba a descartar las restantes. Pero ser escritora le permitiría no descartar ninguna opción, ser todas esas cosas y muchas más, trabajar en todas las profesiones y vivir todas las vidas. Quizás lo que ella quería era ser Dios -porque, cuando se escribe, se es un poco Dios: se está en todas partes, se sabe todo y se puede todo-, aunque entonces no supiera etiquetar correctamente su deseo. Aquella misma noche escribió mi primer cuento y, desde entonces, el papel y el bolígrafo le acompañan. Con ellos crea los escenarios, los mundos y las historias en los que, desde que se decidió a escribir, vive esas otras vidas.